Mi primer sueño húmedo lo tuve como a las 11 años y fue con una chica de Dorians.
No recuerdo su rostro, ni su piel. Pero recuerdo el uniforme. Recuerdo perfectamente el traje sastre, azul oscuro, las medias negras y los zapatos altos de charol. Recuerdo el piso encerado, el aroma antiguo de Dorians: una mezcla de perfumes, plástico y música de elevador.
El sueño fue corto pero intenso. Visto en tercera persona, recuerdo a un pequeño Marvin recorriendo la suavidad de unas medias de seda. Desde la rodilla hacia arriba, por debajo de la minifalda y deteniéndose en algún lugar calientito. Recuerdo el perfume de la chica, su aroma a Chanel No. 5 y a otros aromas cítricos. Recuerdo el maquillaje intenso de la mujer, pero no su rostro. Recuerdo que ella trabajaba en la perfumería y recuerdo su cuerpo recostándose sobre un mesa llena de calcetines y al pequeño Marvin inclinándose sobre ella, besándola con suavidad mientras mágicamente su ropa se desvanecía, descubriendo un sexo húmedo que nunca vi, pero penetré suavemente.
Al despertar, húmedo y confundido, caminé al baño y de pasada tomé un calzón fresco del cajón. Me cambié y me lavé, pensando en si aquello sería natural. Pensando en lo bien que se había sentido eso. Pensando en si, cuando de verdad estuviese con una mujer, la penetración se sentiría de la misma forma y, al final, pensando en la vergüenza que me daría si mi madre se enterara de aquel episodio penoso.
Y esta tarde, mientras caminaba por una de las antiguas tiendas Dorians, ahora llamada Sears, recordé mi episodio infantil entre el pasillo de los perfumes. Caramba, me dije mientras las señoritas atendían a sus clientes, espero que nadie de esta tienda se entere nunca de mi sueño. No quisiera que me prohibieran la entrada a la tienda.