Nunca la soledad es buena compañía para una película tan conmovedora como Julie y Julia. Aunque también puede ser que simplemente sea yo el conmovido, ¿cierto?
La función empezó a las 1935 horas. Salgo corriendo de la oficina porque hoy es el último día que la exhiben. Lo único que descubro de ir sólo al cine es que gasté la mitad del dinero. No es el mejor de los descubrimientos, pero… No sabía bien a bien qué esperar de la película y sin embargo, desde que escuché un genial review en la radio, hará unas 3 semanas, decidí que la vería en cuánto pudiera. Esta ciudad no recibe mucho cine “cultural”. Puros avatares.
El filme narra como la vida de dos mujeres se entralaza sin entralazarse. Cómo dos mujeres descubren que su pasión por la cocina va más allá del placer de la comida: cada platillo las acerca más a ellas mismas. La peli me enganchó enseguida, a pesar de iniciar en Francia, en 1949.
Y digo a pesar de Francia porque fui el año pasado por allá y nada he escrito al respecto. Será que hay recuerdos que me gusta guardar sólo para mi, y para quien estuvo conmigo en aquel país que por extraño me resultó familiar.
La película recorrió varios puntos del barrio St. Michel, donde está Notre Dame, y los reconocí todos. Sobra decir cómo la nostalgia se apoderó de mi por varios momentos y estuve a punto de salir del cine, dejando allí mis nachos.
Sin embargo, sabía que la película no la podría ver en mucho tiempo y decidí guardarme mis sinsabores para otro día en casa, cuando saliera el nuevo episodio de Dr. House o cuando llegara la hora de comer y yo comiera solo. Ver la librería de Shakespeare en pantalla me transportó de nuevo a Europa. Recordé mi llegada. Las personas con quién charlé durante el vuelo. Mi confusión con el tren del aeropuerto a París y la larga espera para tomar el tren bala a Champagne, donde me esperaban.
El tren de Charles de Gaulle a la ciudad de las luces demoró 45 minutos, creo. Y yo, después de más de 12 horas de mal dormir, titubeaba en entreluces. Era de mañana. Yo debía bajar en la estación del Este, pero recordando el mapa decidí bajar en la estación del Norte y caminar. Si, memorizo los mapas cuando viajo. No me gusta parecer turista.
Así que bajé del tren le gare du nord. Subí varios pisos para llegar a la calle y, siguiendo mi sentido interno de orientación, caminé al gare del’est. Boleto en mano, decidí ubicar el anden antes de buscar un café y un panecillo. Tenía hambre y algo de frío.
Me acerqué a una extraña cafetería de estación. A partir de ese momento, todo Francia me pareció extraño. Extraño pero familiar, insisto. Compré una Latte pequeño como por 115 pesos. Algo que en 7eleven costaría cerca a 25 cvos. El €uro, pensé. Sin embargo, ya me había preparado financieramente para el gasto y en ningún momento me arrepentí de gastar euros. Ni cuando compraba los tickets del metro, ni cuando compré dos boletos para un concierto en Notre Dame, ni cuando pagué más de 120 dls por una hamburguesa y unas enchiladas. Extrañaba tanto la comida condimentada.
Y regreso a la comida, pasión extraña que tengo. El filme que le da pretexto a mi narración me hizo recordar que por un tiempo puse recetas de mis intentos de cocina en el blog. Realmente disfruto cocinar. Mucho. Hoy alguien me invitó a una clase sobre cómo hacer el asado perfecto. 4 semanas, 1 vez por semana. Revisaré la cuenta de banco y espero poder asistir.
Pero divago.
Me encantó la película. Me encantó recordar Francia. Me encantó recordar que a veces la soledad es tan buena compañera como la compañía mismo.
Y recordé también una frase que a mí y a mi amigo Javier nos trae recuerdos: recordar es volver a vivir. Y qué pinche cierta es la frase, ¿verdad?
Amén por el olvido, amigos. Amén por el olvido.

amen!
si, eso dije. ja ja.